
El jefe le acarició el rostro, ella no estaba de acuerdo y se molestó. A partir de ese momento despejó la duda y dio paso a la certeza... su jefe quería ser más que eso y agregar trajines ajenos al contrato inicial a la jornada laboral.
Necesitaba el empleo y lo había encontrado luego de mucha búsqueda. Como en toda sociedad con poca inversión el desempleo se había ensañado en ella y estaba muy confundida respecto qué hacer. Guardó silencio varios días y se lo dijo a su novio. Él, sereno y molesto, le dio su apoyo y le dijo su verdad: esa situación es frecuente en un país que sufre desempleo, el patrono, público o privado, mira con menosprecio al ser humano porque sabe que tiene pocas opciones. Ir a la Corte generará un serio costo emocional y económico y, partiendo del supuesto que te den la razón dentro de varios años, es posible que la sanción sea una llamada de atención.
Buscaron una amiga mutua, madura y de confianza, que le facilitó una estrategia: encarar. Denunciar no era opción porque eso cierra las pocas puertas -según ella- y si temía el desempleo éste sería permanente a su vida. Manos a la obra.
El lunes siguiente el jefe llegó a la oficina y vio en el escritorio de su joven secretaria la Ley de Acoso Sexual en el Empleo y la Docencia. Reaccionó con miedo. Mientras giraba las instrucciones del día veía de reojo el folleto jurídico. Al mediodía ella aprovechó - Tenía algo que decirle, no me gustó nada que me acariciara la cara la semana pasada, no lo vuelva a hacer - Dijo en medio de un temblor de cuerpo. Él fingió que no era con él. Si tenía planeado volver a atacar en ese momento cambió los planes.
A los quince días él la despidió y le dio sus prestaciones correspondientes. Ella salió con una carta de recomendación, con la satisfacción de la asertividad, con su dignidad completa, con experiencia y encontró a las pocas semanas un nuevo empleo.
Necesitaba el empleo y lo había encontrado luego de mucha búsqueda. Como en toda sociedad con poca inversión el desempleo se había ensañado en ella y estaba muy confundida respecto qué hacer. Guardó silencio varios días y se lo dijo a su novio. Él, sereno y molesto, le dio su apoyo y le dijo su verdad: esa situación es frecuente en un país que sufre desempleo, el patrono, público o privado, mira con menosprecio al ser humano porque sabe que tiene pocas opciones. Ir a la Corte generará un serio costo emocional y económico y, partiendo del supuesto que te den la razón dentro de varios años, es posible que la sanción sea una llamada de atención.
Buscaron una amiga mutua, madura y de confianza, que le facilitó una estrategia: encarar. Denunciar no era opción porque eso cierra las pocas puertas -según ella- y si temía el desempleo éste sería permanente a su vida. Manos a la obra.
El lunes siguiente el jefe llegó a la oficina y vio en el escritorio de su joven secretaria la Ley de Acoso Sexual en el Empleo y la Docencia. Reaccionó con miedo. Mientras giraba las instrucciones del día veía de reojo el folleto jurídico. Al mediodía ella aprovechó - Tenía algo que decirle, no me gustó nada que me acariciara la cara la semana pasada, no lo vuelva a hacer - Dijo en medio de un temblor de cuerpo. Él fingió que no era con él. Si tenía planeado volver a atacar en ese momento cambió los planes.
A los quince días él la despidió y le dio sus prestaciones correspondientes. Ella salió con una carta de recomendación, con la satisfacción de la asertividad, con su dignidad completa, con experiencia y encontró a las pocas semanas un nuevo empleo.