
Y la crisis energética tuvo una salida inesperada. Para evitar más apagones -como política de ahorro- el gobierno decretó una década sabática para todos los empleados públicos que sobraban. Todos aquellos que no tenían funciones, que tenían funciones innecesarias y los casos de duplicidad se fueron a sus casas. Se les indicó que recibirían su salario según lo acordado pero que tuvieran la gentileza de no salir a trabajar. Los sindicatos celebraron porque era toda una conquista social que sus agremiados no trabajaran y elucubraron sostener el decreto perpetuamente alegando derechos adquiridos.
Y a la semana ya no habían apagones. La electricidad consumida por los burócratas en bombillos, computadoras, elevadores, escaleras eléctricas, aires acondicionados, etc. ahora le quedaba al pueblo que podía utilizarla según su preferencia.
Y al mes ya se sentía una baja sensible en los congestionamientos viales. Los tiempos de desplazamiento se redujeron en un 40%, como promedio, y el malestar por los combustibles se redujo gracias al mejor gasto resultante. Ya a los tres meses los programas radiales que indicaban sobre el tráfico habían dejado de existir.
Y al año el gasto público se redujo. Los burócratas que tramitaban subsidios a sus amigos políticos ya no estaban. Los burócratas que entrababan con permisos la invención, la creatividad y los nuevos negocios ya no estaban. Los que producían a costos exorbitantes no estaban. Los viáticos, viajes y becas se redujeron porque los burócratas no estaban.
Y el país empezó a tomar nuevo impulso y confianza. Los sindicatos no podían hacer política mediante bloqueos, marchas y huelgas porque sus gentes estaban en la casa. Cuando hicieron un llamado nadie se hizo presente. No había día laboral qué perder y la motivación estuvo ausente.
Y la Seguridad Social mejoró. Los clientes de las incapacidades dejaron de abarrotar las filas. Lo que se gastaba en pagar sus enfermedades se invirtió en equipos... en mejor atención.
Y se aprobó el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Los opositores no pudieron organizar el "no" porque su gente estaba feliz con no trabajar al mismo tiempo que sus hijos desempleados se incorporaban a la economía. Los sindicatos, ese día, maldijeron cuando aplaudieron el decreto de la década sabática.
Y a los tres años la presión por nuevos impuestos se redujo. Por un lado el Estado empezó a costar menos y empezó a recaudar más porque propios y extranjeros empezaron nuevas empresas. Se crearon empleos y por primera vez el color político no era importante para lograr el puesto, solo si estaba capacitado y dispuesto para hacer bien el trabajo.
Y el pueblo tuvo oportunidades de empleo. Nadie se preguntaba por puestos en propiedad porque quien era despedido o renunciaba se colocaba a los pocos días. La delincuencia se redujo porque el hampa organizada, que encontraba en la pobreza el medio para reclutar, se quedó sin mercado. Además, los chapulines* empezaron a tener trabajo y su necesidad de financiar adicciones disminuyó porque un ser humano que se siente bien consigo mismo no necesita evadir la realidad.
Y, a los ocho años el presidente, "nieto" del decreto, notó que nadie se quejaría -salvo los cuatro sindicalistas de siempre que nunca lograron reincorporarse al mundo laboral- si definitivamente extirpaba del Estado a todos los burócratas de la década sabática. Así lo hizo, así cerró todo lo improductivo y Costa Rica volvió a brillar.
Y así fue como un presidente aprovechó la mediocridad saboteadora para construir la agenda política por la que su pueblo le llevó a la presidencia.
*Asaltantes, carteristas callejeros.
Y a la semana ya no habían apagones. La electricidad consumida por los burócratas en bombillos, computadoras, elevadores, escaleras eléctricas, aires acondicionados, etc. ahora le quedaba al pueblo que podía utilizarla según su preferencia.
Y al mes ya se sentía una baja sensible en los congestionamientos viales. Los tiempos de desplazamiento se redujeron en un 40%, como promedio, y el malestar por los combustibles se redujo gracias al mejor gasto resultante. Ya a los tres meses los programas radiales que indicaban sobre el tráfico habían dejado de existir.
Y al año el gasto público se redujo. Los burócratas que tramitaban subsidios a sus amigos políticos ya no estaban. Los burócratas que entrababan con permisos la invención, la creatividad y los nuevos negocios ya no estaban. Los que producían a costos exorbitantes no estaban. Los viáticos, viajes y becas se redujeron porque los burócratas no estaban.
Y el país empezó a tomar nuevo impulso y confianza. Los sindicatos no podían hacer política mediante bloqueos, marchas y huelgas porque sus gentes estaban en la casa. Cuando hicieron un llamado nadie se hizo presente. No había día laboral qué perder y la motivación estuvo ausente.
Y la Seguridad Social mejoró. Los clientes de las incapacidades dejaron de abarrotar las filas. Lo que se gastaba en pagar sus enfermedades se invirtió en equipos... en mejor atención.
Y se aprobó el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Los opositores no pudieron organizar el "no" porque su gente estaba feliz con no trabajar al mismo tiempo que sus hijos desempleados se incorporaban a la economía. Los sindicatos, ese día, maldijeron cuando aplaudieron el decreto de la década sabática.
Y a los tres años la presión por nuevos impuestos se redujo. Por un lado el Estado empezó a costar menos y empezó a recaudar más porque propios y extranjeros empezaron nuevas empresas. Se crearon empleos y por primera vez el color político no era importante para lograr el puesto, solo si estaba capacitado y dispuesto para hacer bien el trabajo.
Y el pueblo tuvo oportunidades de empleo. Nadie se preguntaba por puestos en propiedad porque quien era despedido o renunciaba se colocaba a los pocos días. La delincuencia se redujo porque el hampa organizada, que encontraba en la pobreza el medio para reclutar, se quedó sin mercado. Además, los chapulines* empezaron a tener trabajo y su necesidad de financiar adicciones disminuyó porque un ser humano que se siente bien consigo mismo no necesita evadir la realidad.
Y, a los ocho años el presidente, "nieto" del decreto, notó que nadie se quejaría -salvo los cuatro sindicalistas de siempre que nunca lograron reincorporarse al mundo laboral- si definitivamente extirpaba del Estado a todos los burócratas de la década sabática. Así lo hizo, así cerró todo lo improductivo y Costa Rica volvió a brillar.
Y así fue como un presidente aprovechó la mediocridad saboteadora para construir la agenda política por la que su pueblo le llevó a la presidencia.
*Asaltantes, carteristas callejeros.