Advertencia: Las tres historias contenidas en esta entrada poseen palabras que pueden provocar o evocar imágenes hirientes en personas sensibles. Se recomienda leerlo en un momento que corresponda a una distancia prudente con sus horarios de comida.
Episodio #1
Hace como 5 años, en el anterior brete, me mandaron a asistir a un compañero en una reunión. El tema a tratar era relevante por lo que me sentí agradecido por la encomienda. Igualmente me sentí motivado con la actitud del compa que me explicó, con sobrada paciencia, el proceso de meses, el por qué estaban donde estaban y qué tenía que hacer yo.
Empecé relativamente bien con mis intervenciones, el compa me retroalimentaba y yo seguía el pedaleo de lo que él iba trazando. Todo iba tuanis... hasta que al otro lado se sentó un señor que tenía (subrayado y en negrita) demasiado mal aliento. Aclaro que no era cebolla, ajo o café. Estamos hablando de una mezcla suigéneris de no se qué. Lo que sea que haya comido estaba vencido. Si estaba mal de salud merecía la intervención del forense. Si él mismo no se sentía era porque ya había perdido la sensibilidad del olfato. Cuando me habló perdí la concentración, me despeiné y se me hicieron hongos en el cuello de la camisa. Intenté cambiar de lugar pero no se pudo. Me hice un puño. Puse la cabeza entre las manos pegando, prácticamente, la cara en la mesa.
-Mae ¡Hable! No se quede callado, vamos bien- Me indicó el compa. Con gestos respondí que no podía. Me preguntó por qué y le expliqué que el mae de la par era muy conversón y que se estaba pudriendo. El compa casi suelta la risa y comprendió que aquello era un imprevisto excepcional. Fue muy solidario.
A diferencia de los traumas de la cotidianidad, donde uno olvida los rostros, aquel del quemapestañas se me grabó en la memoria. No lo pude superar.
Episodio #2
Hace un par de meses tuve que ir con un actual compa de brete a una conferencia sobre un tema en el que ambos nos queríamos empapar. Llegamos tallados a la hora de inicio. Yo me senté en la tercera fila y mi amigo en la cuarta. Todo iba tuanis. Yo tomaba notas como escribano medieval hasta que la muchacha que estaba a mi lado levantó la mano para responder una pregunta. Me sacó del trance como receptor. Aquello fue "brazo karateka": por la patada empecé a correrme para el lado contrario. Dejé de escribir. Solo pensaba en el momento en que se acababa la vara. Obviamente el brazo ya no estaba en alto pero el shot fue demasiado para mi ñata. No salía. Mis fosas nasales había capturado aquella expresión de ausencia de desodorante, calor tropical y caminata.
Me anclé para mal. Como el legendario perro ruso asocié el tema con el aletazo y perdí el interés. Ni pregunté más por el tema y casi desarrollo "auditoriofobia" (estoy exagerando con esto último).
Me anclé para mal. Como el legendario perro ruso asocié el tema con el aletazo y perdí el interés. Ni pregunté más por el tema y casi desarrollo "auditoriofobia" (estoy exagerando con esto último).
Episodio #3
Todos los que somos del interior del país sabemos que no hay viaje en bus sin que algún paisano se ranche. Es inexplicable pero la gente que experimenta rebeldía del bolo alimenticio no correlaciona que la ingesta de alimentos antes o durante el viaje es directamente proporcional al rebote generado en el músculo gástrico.
Los choferes ya están acostumbrados por lo que reparten bolsitas para que quien no sea sorprendido por el reflejo de la espontaneidad contribuya al ornato del bus aglutinando sus afectos en un solo sitio.
Aquel lunes, hace como 10 años, abordé el bus de 5:30 AM que viene de Sarapiquí hacia San José. En el asiento de adelante venía un mae que desayunó pinto, huevo, carne, pan y café en la soda de la parada.
Cuando íbamos subiendo la Braulio Carrillo el mae abrió violentamente la ventana y con profunda motivación devolvió el casado. No hubo pasajero que no se diera cuenta. El chavalo hacía impulso sonoro para desahogarse -Denle una pastillita- gritó una señora -Pásele esta bolsa- respondió el chofer. Aquello era dramático. Llevaba la cabeza y un hombro afuera del bus. El señor que estaba al lado lo agarró de la faja. Más de un carro que venía de bajada pitó y eludió aquella cascada...
El mae se secó. Cuando volvió al siento sacó un pañuelo y se limpió la boca mientras respiraba agitadamente por la boca y sudaba como quien ya se agarró del pretal y va a gritar "puerta!"... no pocos pensamos que ya todo había pasado.
¡Pero faltaba más! Después del puente del Saprissa el mejor cliente de aquella soda tuvo una recaída y volvió a abrir la ventana para bautizar el pavimento... luego se limpió otra vez con el pañuelo.
Ya en el kamakiri bajó del bus y caminó como quien siente que no ha dejado nada atrás...
Los choferes ya están acostumbrados por lo que reparten bolsitas para que quien no sea sorprendido por el reflejo de la espontaneidad contribuya al ornato del bus aglutinando sus afectos en un solo sitio.
Aquel lunes, hace como 10 años, abordé el bus de 5:30 AM que viene de Sarapiquí hacia San José. En el asiento de adelante venía un mae que desayunó pinto, huevo, carne, pan y café en la soda de la parada.
Cuando íbamos subiendo la Braulio Carrillo el mae abrió violentamente la ventana y con profunda motivación devolvió el casado. No hubo pasajero que no se diera cuenta. El chavalo hacía impulso sonoro para desahogarse -Denle una pastillita- gritó una señora -Pásele esta bolsa- respondió el chofer. Aquello era dramático. Llevaba la cabeza y un hombro afuera del bus. El señor que estaba al lado lo agarró de la faja. Más de un carro que venía de bajada pitó y eludió aquella cascada...
El mae se secó. Cuando volvió al siento sacó un pañuelo y se limpió la boca mientras respiraba agitadamente por la boca y sudaba como quien ya se agarró del pretal y va a gritar "puerta!"... no pocos pensamos que ya todo había pasado.
¡Pero faltaba más! Después del puente del Saprissa el mejor cliente de aquella soda tuvo una recaída y volvió a abrir la ventana para bautizar el pavimento... luego se limpió otra vez con el pañuelo.
Ya en el kamakiri bajó del bus y caminó como quien siente que no ha dejado nada atrás...