lunes 7 de julio de 2008

Cenicienta

Érase una vez una joven común y corriente, huérfana, que había sido adoptada por una mujer que veía en ella una enfermera, la sirvienta, la mandadera, la que le hiciera la tarea a sus dos hijas y otras cosas que mejor no cuento. El nombre de la joven era Cenicienta.

Iba al colegio nocturno, aunque su madrastra no quería, pero tampoco podía impedirlo porque una vez en misa, un sacerdote que interactuaba con los feligreces, en medio sermón, preguntó cuál era el sueño por el que le pedía a Dios -¡Ir al colegio!- respondió Cenicienta.

Sus hermanastras eran todo un homenaje a la indisciplina, la esencia de la indecencia y la consecuencia de la inconsciencia. Repitieron una vez cada grado. También estaban en el último año, pero en el colegio diurno. Obviamente no tenían obligaciones domésticas, vivían jugando botella, se escapaban para un montazal con cualquier carajo, tenían computadora con Internet... y siempre quedaban mal con las tareas, salían fatal en los exámenes pero su mamá no se daba cuenta porque ni siquiera iba a la entrega de notas.

Un día el director del colegio anunció que una ONG vinculada a una pequeña universidad americana, ubicada al centro de aquella nación, haría entrevistas para otorgar becas para hacer carrera universitaria en el primer mundo. La oportunidad incluía seis meses intensivos de inglés.

Cenicienta concertó una entrevista, el viernes a las 6:30 PM, pero su astuta madrastra, al enterarse, fingió estar enferma para impedir que la muchacha acudiera. En su lugar envió a la menos bestia de sus hijas, con la instrucción de excusar a su hermanastra y solicitar que le entrevistaran en su lugar.

-¿Qué hago?- se dijo la joven común y corriente... cuando observó la luz que entraba por la ventana. Era el farol del ICE que de milagro funcionaba. El resplandor daba directamente en el botiquín. Se iluminó su mente.

-Madre, estás enferma y estoy preocupada, tomate esto- y le dio cuatro cucharadas de ardine en un vasito plástico pequeño. La madrastra se durmió en 10 minutos, Cenicienta se puso el uniforme y llegó al colegio corriendo, un minuto antes de la entrevista. Su hermanastra, para variar, ni siquiera estaba ahí... de seguro estaba en alguna cabina con un taxista que recién había conocido y le cuadraba.

Respondió las preguntas con soltura natural. Al terminar la entrevista preguntó la hora y se dio cuenta de que su madrastra despertaría en cualquier momento. Le pidió a un compañero que tenía moto que la llevara a la casa, de camino dejó el caite de rigor botado. No miró atrás porque detenerse a buscarlo podría significar que la pescaran.

Siguió asistiendo a clases normalmente, en sandalias porque no tenía más zapatos. Ganó el bachillerato y después de la graduación le dieron la noticia de la beca.

Se fue para Estados Unidos, con visa, sin coyotes de por medio, dejando atrás el lastre de sus hermanastras y madrastra. Allá se graduó. Se hizo gringa. Nunca volvió. Obtuvo un empleo bancario internacional. Luego montó su propia firma consultora. Conoció un magnate y se enamoraron. Ahora ella también gerencia las empresas del marido. Un día le preguntaron cómo lograba todo lo que se proponía y ella respondió -No miró hacia atrás, ni siguiera para recoger mi propio zapato.

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