Los dos policías acudieron al llamado. Encontraron a la joven, por enésima vez, en pleno acto suicida. Actuaron rápido, sin perder tiempo, cortando el cordón que sostenía su cuerpo.Sus parientes seguían mirando pasivamente. Los policías la esposaron y subieron en la "perrera" (pickup-celda).
-Muchas gracias- decía la madre llorando -¿Qué habríamos hecho sin ustedes?- dijo el papá. Ellos, como siempre, solo hicieron su trabajo. No les cuestionaron que no hicieran algo, más que llamarlos, para salvar a la hija.
Se marcharon. En el camino se volvían a ver con rostro de susto porque eran muchas las veces que rescataban a la muchacha. En un alto escucharon "respiración, entrecortada con gárgaras", corrieron a abrir la puerta y la joven se estaba ahorcando otra vez: usó su ropa de soga y el tubo del techo para colgarse. Era un suicidio incómodo pero efectivo.
El mismo policía que le había impedido morir media hora antes le estorbó nuevamente. Con su navaja cortó la improvisada soga -¡te voy a demandar!- gritó la chiquilla. Resulta que en la incomodidad del rescate el policía, al parecer, le aruñó el cuello con la navaja.
A los pocos días la joven presentó la denuncia por abuso de autoridad. intento de esto y de lo otro. Su familia, la misma que agradeció a los policías su oportuna llegada, ahora era silenciosa, pseudo-cómplice y expectante de lo que podrían lograr civilmente del patrimonio de aquellos muchachos y del Estado que solidariamente debía acuerparlos.