martes 23 de junio de 2009

Yo sé leer

Río Frío de Sarapiquí, 1984. En el kinder teníamos los cepillos de dientes en una cajita pegada a la pared. Cada uno tenía el nombre del respectivo dueño. Después del comedor la maestra los repartía para que nos lavaramos los dientes.

Una vez la maestra se quedó atrás... después de esperarla un rato una compañerita preguntó quién sabía leer para que repartiera los cepillos. Simplemente me ofrecí. Aunque es un recuerdo difuso y medio reconstruido creo que no mentí del todo; según mis cuentas era fácil entender cuál nombre estaba en el cepillo... era asunto de intuición.

Mis compañeritos empezaron a traer los cepillos y yo les decía "este es suyo", "este es de Fernando", "pásele este a Jorge de seguro él tiene el suyo" y cuando todos tenían cepillo adopté el último ya que por regla de tres si sobraba era el mío. Repartí la pasta y todos empezamos a lavarnos los dientes en la pila frente al aula.

Llegó la maestra -¿Qué pasa? ¿Quién repartió los cepillos?- mientras leyó el que estaba usando una compañera -¡Fernando!- y la compañera empezó a escupir la espuma y Fernando, que la agarró en el aire, supo de inmediato que estaba usando un cepillo ajeno. Había un compañerito que siempre olía feo, quien usaba su cepillo casi se rancha. La escena se repitió infinitamente: no acerté ni uno solo... ni siquiera el mío. Como 20 desaciertos consecutivos.

Obviamente ningún compañerito valoró mi esfuerzo, la capacidad de asumir riesgos y la actitud de crear soluciones (plop!). Todos fueron agradecidos cuando les serví de guía pero a la hora de los balazos fui expuesto, señalado y evidenciado. Así es la gente.

Hasta ahí llega mi recuerdo. No sé qué me hicieron, no sé si me pusieron el sombrero del bruto y me pararon detrás de la puerta, no sé si le mandaron un recado a mamá; en síntesis no tengo idea de cuál fue la represalia.

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