El viernes 21 de mayo mi esposa compró unas tenis para hacer deporte. Quedó claro que si el zapato presentaba algún desperfecto, en el transcurso de 8 días, se los cambiaban. El viernes siguiente, el 28, los estrenó y después de caminar una hora empezó a sentir una molestia que se fue agravando: una protuberancia en el zapato le estaba haciendo un hueco debajo del tobillo (aclaro que no era una ampolla).
Fuimos a la tienda y el vendedor insistía que el zapato era así. Nuestro punto era que un calzado Nike con un valor superior a ¢70 mil (comprados con mucho esfuerzo) no podía tener un problema de este tipo, que no se podía caminar y menos hacer deporte. Cuando no pudieron más ofrecieron otros caites pero de la talla de mi esposa solo quedaban unos que parecían de hombre y otros dignos de cantante de reguetón. No accedimos.
Agarré los zapatos, los coloqué en una silla y empecé a fotografiarlos. Quisieron frenarme -señor, qué pena, no se puede tomar fotos al producto- dijo alguno con fingida amabilidad -estos zapatos son míos y los estoy fotografiando porque me los vendieron defectuosos- respondí con cara de pocos amigos pero con respeto. La señora y yo acordamos no salir hasta que nos dieran una solución decente. Nos quedaríamos hasta el final.
Tal vez los fatigamos con nuestra presencia y eso desató la creatividad. El vendedor propuso usar el caite con una almohadilla que lo único que hacía era trasladar la incomodidad a otra parte. Rechazamos la propuesta porque los billetes con que pagamos no venían remendados. Seguido vino la mejor: que mi esposa tiene el pie torcido. Creo que nuestro silencio les invitó a tratarnos con el respeto que se trata a los clientes.
Apareció un supuesto representante de Nike a quien le expusimos el problema, aunque creímos que apoyaría a la tienda incondicionalmente después de tantear el zapato dijo -hay que cambiarlos, tienen un problema que no se puede reparar.
El vendedor nos empezó a ofrecer otros productos. Le dijimos que no teníamos disposición de llevarnos cosas que no necesitamos porque queríamos zapatos en buen estado. Le solicité que me devolviera el dinero pero él dijo que eso era imposible. Me incomodó tanto que le anuncié que denunciaría a la tienda y que él iba como testigo (creo que la denuncia no le hizo ni frío ni calor pero la posibilidad de ser citado en algún texto sí le preocupó).
Se fue a conversar con lo otros artistas del establecimiento. No sé qué decían... movían manos, se volvían a ver y hacían gestos. Al final nos comunicaron que tenían el mismo par de tenis en otro centro comercial. Aceptamos, eso sí nos llevábamos los zapatitos cochinitos con nosotros para entregarlos contra los que estuvieran en buen estado.
En la otra tienda vimos la luz y salimos con los zapatos tal y como corresponde. Sumando el minuto que estuvimos en el último establecimiento y los 59 que batallamos en el otro bautizamos el episodio como "Una hora batallando por las Nike". Y es que el trópico es así, no basta decidir hacer deporte, hacer el esfuerzo de adquirir un calzado acorde al propósito, también hay que tener voluntad para jugar el ajedrez de los pachucos que venden lo que sea a sabiendas que los consumidores estamos desprotegidos y que solo tenemos por arma la paciencia de batallar por recibir lo que corresponde por nuestro pago.
Fuimos a la tienda y el vendedor insistía que el zapato era así. Nuestro punto era que un calzado Nike con un valor superior a ¢70 mil (comprados con mucho esfuerzo) no podía tener un problema de este tipo, que no se podía caminar y menos hacer deporte. Cuando no pudieron más ofrecieron otros caites pero de la talla de mi esposa solo quedaban unos que parecían de hombre y otros dignos de cantante de reguetón. No accedimos.
Agarré los zapatos, los coloqué en una silla y empecé a fotografiarlos. Quisieron frenarme -señor, qué pena, no se puede tomar fotos al producto- dijo alguno con fingida amabilidad -estos zapatos son míos y los estoy fotografiando porque me los vendieron defectuosos- respondí con cara de pocos amigos pero con respeto. La señora y yo acordamos no salir hasta que nos dieran una solución decente. Nos quedaríamos hasta el final.
Tal vez los fatigamos con nuestra presencia y eso desató la creatividad. El vendedor propuso usar el caite con una almohadilla que lo único que hacía era trasladar la incomodidad a otra parte. Rechazamos la propuesta porque los billetes con que pagamos no venían remendados. Seguido vino la mejor: que mi esposa tiene el pie torcido. Creo que nuestro silencio les invitó a tratarnos con el respeto que se trata a los clientes.
Apareció un supuesto representante de Nike a quien le expusimos el problema, aunque creímos que apoyaría a la tienda incondicionalmente después de tantear el zapato dijo -hay que cambiarlos, tienen un problema que no se puede reparar.
El vendedor nos empezó a ofrecer otros productos. Le dijimos que no teníamos disposición de llevarnos cosas que no necesitamos porque queríamos zapatos en buen estado. Le solicité que me devolviera el dinero pero él dijo que eso era imposible. Me incomodó tanto que le anuncié que denunciaría a la tienda y que él iba como testigo (creo que la denuncia no le hizo ni frío ni calor pero la posibilidad de ser citado en algún texto sí le preocupó).
Se fue a conversar con lo otros artistas del establecimiento. No sé qué decían... movían manos, se volvían a ver y hacían gestos. Al final nos comunicaron que tenían el mismo par de tenis en otro centro comercial. Aceptamos, eso sí nos llevábamos los zapatitos cochinitos con nosotros para entregarlos contra los que estuvieran en buen estado.
En la otra tienda vimos la luz y salimos con los zapatos tal y como corresponde. Sumando el minuto que estuvimos en el último establecimiento y los 59 que batallamos en el otro bautizamos el episodio como "Una hora batallando por las Nike". Y es que el trópico es así, no basta decidir hacer deporte, hacer el esfuerzo de adquirir un calzado acorde al propósito, también hay que tener voluntad para jugar el ajedrez de los pachucos que venden lo que sea a sabiendas que los consumidores estamos desprotegidos y que solo tenemos por arma la paciencia de batallar por recibir lo que corresponde por nuestro pago.