jueves, 25 de febrero de 2010

En carne viva

Cayó al suelo con el puñal clavado en el pecho. Levantó la mirada para fijarla en los ojos de su oponente, no dijo palabra... su gesto estaba cargado de venganza, deseos de hacer justicia y decisión de destrucción. Se incorporó mientras la sangre mojaba la calle, dio media vuelta y se fue. Nunca más se verían el rostro. 

Pasó el tiempo con aquello ensartado en el pecho. Dejó de llorar, nunca más se quejó, solo recordaba cuando escuchaba el sonido de un puñal, cuando alguna pared hacía retumbar palabras similares a las de aquel momento o cuando coincidía con una persona o situación que le recordaba el día que terminó en el polvo.

Cuando alguien pretendía abrazarlo reaccionaba con precaución para evitar que le hundieran la afilada hoja o que le metieran otra. El miedo se volvió parte de su existencia al punto que ni siquiera lo notaba. Aunque el objeto extraño estaba encarnado y era como parte de su cuerpo le producía otras afecciones. A veces le dolía el estómago, otras la espalda, a veces la cabeza... pero para todo tenía pastillas.

Hace poco quisieron abrasarle con fuerza pero reaccionó con indignada desconfianza, argumentando que le podían desacomodar el puñal. Con sincera extrañeza le sugirieron sacar de su pecho esa herida, sanar, dejar atrás y crecer. Se indignó más, porque es inconcebible que las personas pretendan justificar a quien le hirió, que las personas pretendan que se olviden los hechos, que las personas pretendan que nada ha pasado, que las personas pretendan que eso queda así no más, que las personas crean que la culpa está de su lado...

Por cierto quien le hirió no sabe nada de esto y nadie sabe sobre su paradero. Dicen que vive en otro lado...

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