Lo que hace y no hace el gobierno debe ser sometido a la valoración de los ciudadanos, sean estas posiciones lógicas o desordenadas. Es inadmisible cualquier requisito que se quiera imponer a la expresión de la crítica. Pedir que esta sea "constructiva" o "que aporte" es igual que pretender controlar los pensamientos ya que las opiniones siempre serán valiosas para quienes coinciden con el diagnóstico y tratamiento del problema y serán "criticar por criticar" para quienes son señalados como responsables.
El mayor ejemplo de la crítica es el señalamiento continuo que se hacen entre sí los actores políticos de los diferentes partidos, magnificando el defecto ajeno y minimizando el propio. Esa opinión la recibimos los ciudadanos y la valoramos según la credibilidad de quien la emite y la importancia que le demos al tema señalado.
Por lo general las voces más indignadas de una crítica hacia el gobierno no proviene de los propios aludidos, es decir los tomadores de decisión, por lo general quienes reaccionan más fuerte son los pegabanderas que tienen una relación de extrema dependencia con la gestión pública del momento, o sea los que tienen puestos de pocos requisitos y de carácter sacrificable. Los que tienen posiciones verdaderamente protagónicas tienen la alimentación de su familia garantizada con sus actividades privadas, no dependen de la vida pública.
Considerando lo anterior toda discusión con los eslabones débiles equivale a aceptarnos como peones de ajedrez que se inmolan con los desechables del otro lado. Un verdadero intercambio ciudadano y republicano (no monárquico) implica que los que conformamos esa masa heterogénea llamada "pueblo" podamos enviar nuestras observaciones a quienes piden el voto y disfrutan esos cuatro años de sangre azul tropical que significa la victoria electoral.
Solo un aspirante a dictador podría pretender que todo el país le chupe el lugar donde la espalda pierde su nombre a los gobernantes y solo un ciudadano sabe que las críticas representan los sentimientos más puros del corazón nacional. Si los gobernantes no reciben aplausos más allá de su séquito personal ha de ser porque no lo están haciendo bien.