jueves, 26 de mayo de 2011

Los sustos del tiempo de antes

Un familiar, fallecido años atrás, acostumbraba contar historias de miedo. Quienes éramos carajillos escuchábamos con gusto aunque no lográbamos dormir tranquilos por temor a que nos jalaran las patas, saliera el monstruo del ropero o apareciera algún espanto. No sé con qué perspectiva valoraban los adultos dichos relatos pero los guilas creíamos la historia completa, sin cuestionamientos.

Los años pasan y nuevas reflexiones llegan. Recuerdo tres (estúpidos) relatos:

El primero era de "la mona", una mujer con rasgos animaloides que sorprendía a los jóvenes cuando venían para su casa después de una fiesta en horas de la madrugada. El segundo era de un chamaco al que la mamá mandó a la pulpería y fue renegando, de camino escuchó un silbido y cuando vio hacia arriba el diablo le orinó los ojos y quedó bizco. El tercero era de un niño que se portó muy mal con la mamá, con tal malacrianza que la casa empezó a oler a azufre, seña contundente de que el diablo venía por todos por lo que tuvieron que fajear con extrema violencia al desobediente para aplacar al maligno.

Obviamente en el centro de estas narraciones se encuentra el mensaje de portarse bien para no ser asustado, lo cual es incoherente porque la persona descarriada o desobediente, en principio, es propiedad de las tinieblas y un espanto extremo podría motivarle a que se reforme, lo cuál es contraproducente para los intereses del diablo.

Pero cuando vemos las historias del folclore regional encontramos el mismo mensaje central; la segua asustaba a maridos infieles, el cadejos atormentaba a alcohólicos y la llorona estaba dirigida a la señora que caían en brazos de otro hombre. 

Cualquier niño de hoy diría que todas estas historias son falsas, pero no cabe duda que marcaron a la generación de ayer y todavía subyacen en los miedos más privados de más de uno. Sin embargo estos son temores enfermos, porque comportarse de acuerdo a los valores morales que cada persona elija debe ser fruto de una decisión y no de la superstición.

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