sábado, 4 de junio de 2011

Las veces que he 'muerto'


La primera. Tenía dos años, toda la familia estaba en Puntarenas disfrutando del sol, las olas y los granizados. Una tía que nos acompañó me tenía alzado y poquito a poco, sigilosamente, se iba metiendo cada vez más en el mar y cuando llegó a lo hondo una ola "la golpéo" y me soltó. 

Mis papás (mamá con 20 años y papá con 27) reaccionaron de inmediato y empezaron a buscarme, consumían y consumían (sin mascarilla) pero pasaba el tiempo y nada, la tía se limitaba a expresar un tímido llanto, como sufriendo por su acción, pero cuando ya desaparecía la esperanza mi tata me encontró. No me morí.

La segunda. Tal vez un año después de esto, estaba jugando con varios chiquitos más grandes, inclusive de seis y siete años, de hacer puentes con unas tablas y pasar caminando. Una chiquita muy grande y pesada intentó cruzar conmigo y nos caímos. Yo llegué a las piedras primero mientras que ella tuvo mi cuerpo por colchón. Yo no me movía ni se me sentía la respiración, unos decían que tenía los ojos en blanco y otros que bizcos. Me llevaron a la clínica del pueblo y ahí "me volvieron". No me morí.

La tercera. Mis papás recién rentaban una soda propiedad de doña Claudia, madre de dos niños. Le pedí dinero a mi papá para comprar las botas que debía llevar a la materia  de agricultura en el colegio, era mi primer año. Me fui en bicicleta con mi hermana (6 años menor) hacia la comunidad de La Victoria donde había un almacén con gran surtido de boticas de hule.

A la vuelta, 500 metros después del puente de La Victoria,  nos topamos a los hijos de doña Claudia que iban rumbo contrario también en bicicleta, pero cuando cruzaron el puente cayeron al río; el mayor perdió la vida en el golpe contra una piedra mientras que el menor perdió la conciencia y se estaba ahogando. Un señor lo rescató y lo llevó a la clínica. 

Ahí surgió una confusión. Tanto mi hermana y yo como los muchachos del accidente cabíamos en el concepto "los chiquitos de la soda". Mi tata fue informado de la desgracia. Muy golpeado y aun sin decirle a mamá fue a buscar a mi hermana a emergencias (yo era "el muerto") pero ahí se encontró muy mal herido al hijo menor de la dueña de la soda y supo que había un error. Cuando llegó donde nosotros nos hizo un cariño en la jupa, nos contó la tragedia de los hijos de doña Claudia y nos pidió que no usárabamos la bicicleta para andar los dos (en barra). No me morí.

La cuarta: El año pasado le obsequié a mi sobrinito mi computadora de escritorio. Coordiné la entrega con mi tata, quedamos en que yo llegaba el viernes en la tarde, pero empezó llover mucho y me quedé dormido con el teléfono apagado. Esa misma tarde un trailer chocó de frente con un vehículo con las características del mío en la Braulio Carrillo. Papá vio las noticias: vehículo rojo chocado en dirección hacia Sarapiquí, chofer muerto, viajaba solo y no lo podían identificar.

Dice mi tata que lo manejó con discreción aunque mínimo hizo dos o tres intentos de llamada por minuto en el lapso de dos horas... hasta que contesté para contarle que no iba a ir ese día, que esperáramos al siguiente. No me morí.

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