Gobernar es un ejercicio de credibilidad donde el pueblo presupone valores y cualidades en sus representantes, los cuales tienen que percibirse con capacidad y voluntad para lograr una correcta dirección del país.
La imagen de la señora presidenta Chinchilla zarpó con el pie derecho, manteniendo cierta vacunación respecto al desprestigio que naturalmente corroe a la clase política de unos años para acá. Pero su estrategia fue simple: no matricularse con ninguna causa, en caso de conflicto mantenerse al margen y después del incendio esperar quien sale bien librado para salir en esa foto.
Este juego a la segura le evitó chamuscadas pero generó nuevas facturas; una imagen de poco liderazgo, sensación de que otros gobiernan (asesores y ministros) y carencia de iniciativas frente a los problemas nacionales: inseguridad, ingeniería vial y seguridad social (las multas le saldrán facturadas en la próxima encuesta).
Faltaba solo un elemento para que esta administración fuera una reminiscencia de la 2002-2006. La 'abelización' alcanzó plenitud cuando la mandataria manifestó 'su' más importante y difundida voluntad convocando a los sectores para aumentar los impuestos, con los mismos trillados y nada creíbles argumentos que "los ricos paguen como ricos" y "los pobres como pobres", usados durante las últimas décadas para saquear al pueblo mediante la carga tributaria.
Toda la escena es copia al carbón del gobierno de Pacheco.
Sobre el malgasto/derroche/corrupción del gasto público ella guarda silencio, motivo suficiente para que cualquier ciudadano relativamente inteligente sospeche que más recursos producirán mayor relajo.
Mientras tanto la principal actividad pública se reduce a eventos de protocolo, reuniones, inauguración de aulas, fotos con chiquitos y saludar en comunidades campesinas. No cabe duda que llegó la hora del abrazo.
Pero nada importa, las voces relevantes para la mandataria le dirán una y otra vez que "ella es la figura política mejor calificada", para seguir rodándola dos años y medio más.
